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DEJAR IR. PARTE II...


LA ÚLTIMA NOCHE...

Se acabaría la Semana Santa con la Luna en Cuarto Creciente, el domingo de Resurrección; y yo estaría sumida en los cuestionamientos sobre el significado de aquellas luces intermitentes tan claras. A estas alturas del partido, ya me había hecho una experta consciente de "los signos, las señales" cuando comenzaban a aparecer; pero lo que aún estaba difuso era a dónde me conducían... Pero bueno, a la larga, ¿acaso eso importa cuando se sabe con certeza que estos benditos hilos invisibles son los que conducen nuestra existencia? Por supuesto que no...

El lunes tendría cita con el bioenergético y sabía claramente lo que le diría esta vez: Me siento impulsada a crear espacios para trabajar con mi dones. Comencemos desde hoy, así que: ¡Hagámosle! Pero, se hizo costumbre que por un camino voy yo como humano a través de mi mente y por otro me conducen como humano-divino a través del corazón. ¡Ah! y yo no me resisto a ello. Jaja...

Después del habitual saludo, me preguntó: Cuéntame, ¿cómo te has sentido? Yo misma me descubrí sintiéndome medio rara, desubicada de nuevo, sin poder pronunciar ni una sola sílaba; de pronto comencé a balbucear y sin saber qué decir, me entraron unas ganas de llorar (y se notaron), que pensé eran del mismo proceso de liberación de emociones haciendo su integración. Después de los todos y los nadas que le dije al doc, continuamos con la consulta sin contratiempos; entregué la carta que había hecho en Semana Santa, después de otro trabajo con mis sentimientos, a quien estaba dirigida y me dispuse a seguir con mi vida. Estuve deambulando en mi extrañeza de aquel sentimiento salido de la nada en el camino de vuelta a casa; el resto de la noche y el día siguiente.

De regreso al trabajo lo comenté a una compañera y luego me dije: no le pongo más mente a ello. En algún momento, tendré que saber de qué se trata. ¡Boooooooonnnnnnnnggggggggggg! ¡Vuelen! ¡Deseos humanos,vuelen!

Llegué a casa temprano del trabajo y me dispuse a firmar los informes del primer período académico que entregaría a los padres de familia, al finalizar la semana. Sonó el celular y mi mamá con voz exaltada, me dijo que me dirigiera a donde mi abuelita-paterna porque mi tío estaba solo con ella y nervioso al verla hiperventilando con tanta frecuencia; que ya estaba en sus últimas. -Ok, vengan por mí, que yo acompaño a mi tío.- Le dije. Pero la verdad, no me parecía nada entretenido tener que estar escuchando tan seguido cómo matan a "los viejitos" cuando están algo comprometidos de salud. Como en el caso de mi tía-abuela, yo me dije: mi abuelita comienza su nuevo estado, cuando todo esté dispuesto para ello. Así que en completa calma, esperé a mi tía, que venía con mi mamá, para irnos para donde mi abuelita.

Al arribar allá, mis tíos y primos aguardaban afuera, mientras mis tías en el cuarto donde se hallaba mi abuelita estaban exaltadas, esperando su muerte. Yo, ingresé por la habitación contigua y en silencio me dispuse observarla; me invadió la imagen de la tía-abuela, recordé lo que sentí en aquel momento y lo vivencié de nuevo: paz y compasión sólo tenía. Estuve absorta mirando su cuadro de salud y al igual que con la tía, supe que esa no era su hora de abandonarnos. Posteriormente, me llegaron las imágenes de cuando mi abuela-materna partió. Fue para el 2003, en aquel tiempo estaba leyendo "Acerca de la muerte" del Dalai Lama y Jeffrey Hopkins; vi a mi abuela pasar por cada una de las etapas explicadas en ese texto. Salí de ese estado de recuerdos y me dí cuenta que una de mis tías, se apoyaba en el cuerpo de la abuela, mientras la acariciaba. Casi que al tiempo cuando le dije que le diera espacio para que respirara mejor, la esposa de un primo la tomó del brazo y la apartó por la misma razón. Luego, recuerdo que les dije que por qué en vez de llorar una muerte que aún no llegaba, mejor no se dedicaban a acompañarla y a crear un ambiente menos traumático para todos; que disfrutaran de su compañía en paz, porque a pesar de que no podía hablar, mi abuelita era consciente de todo lo que allí pasaba y eso en cierta manera le afectaba. Salimos del cuarto y con la esposa del primo que menciono, hablamos de lo necesario de expresarse. Ella sentía que mi abuela quería hablar y que había que llenarla de la seguridad que esperaba de sus hijos para con una de mis tías que de adolescente había tenido un trauma muy intenso y que posterior a ello, clínicamente fue diagnosticada como esquizofrénica. Pero aunque se los hizo saber a mis familiares, no encontró respuesta positiva por parte de ellos.

Así transcurrió la noche para todos: conversando, recordando momentos y pendientes de la abuela. Uno de mis hermanos, llamaría como a las 10 pm y me dijo que lo esperara, que vendría para donde la abuela. Saludó a todos e ingresó en el cuarto con otro de los primos que se encontraba allí, cuando yo llegué; yo había quedado sola en la sala con mi consciencia en un lugar desconocido y mientras escuchaba en la terraza a la esposa del primo nuevamente hablar de la necesidad de expresarse, ingresé a la habitación de la abuela para decirle a mi hermano que invitara a orar a los demás. Para mi sorpresa, ya lo estaba haciendo con el primo y la mamá del primo. Lo dejé terminar y luego nuevamente ingresé y le manifesté mi deseo. Él se mostró un tanto esquivo ante la posible negativa de mis tíos; pero, yo le dije con vehemencia que ya la semilla estaba sembrada y que, en ese momento, su misión era recoger los frutos; que fuera a hablarles, que ellos no se opondrían. Salió dispuesto a invitarlos y todos, menos uno, aceptaron ingresar a la habitación para orar. Fue un momento muy emotivo, por supuesto lleno de muchas lágrimas, donde hubo perdón, agradecimiento y resistencia a dejar ir; pero donde también hubo aceptación y sobre todo paz... Yo, estuve allí; suponía la razón, sin embargo, sólo hasta hoy lo entiendo perfectamente...

Al filo de la media noche, mi hermano y yo nos despedimos de todos y manifestamos nuestro deseo de que cualquier eventualidad nos fuese manifestada. De regreso a casa, comentamos lo ocurrido y le dije que yo veía a mi abuelita, con su cuadro de salud sí; pero sin angustia, que la sentía menos complicada que la tía-abuela, que a todas estas, aún vive. Mi hermano, en sus creencias me respondió que sólo Dios tenía la última palabra y yo en las mías, le dije exactamente lo mismo: que cuando todo estuviese dispuesto, ella se iría a celebrar su regreso al Hogar.

Ya en cama, recordé todo lo que había pasado y me pregunté cómo me sentía al respecto. Yo estaba muy tranquila; a pesar de sentirme físicamente revuelta, con una sensación en mi cabeza como de ebriedad, no me sentía fraccionada. Me hallaba en paz y con la completa seguridad de sentirme apoyada, me dispuse a dormir.

Tataratán ta tan... ¿Dormir? Jajaja... Olvídate del descanso, porque ahora verás parte del panorama que has estado esperando.... Comenzarían para mí, las luces a iluminar continuamente...


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